Homilía en el funeral por Elena Sanz, mostoleña asesinada el pasado mes de abril
Queridos familiares y amigos de Elena, recibid un saludo lleno de cariño y afecto de todos nosotros.
Permitid que salude de manera especial a D. Miguel, que ha querido acompañarme concelebrando la Eucaristía, a nuestro alcalde y a los concejales del Ayto. así cómo a los numerosos representantes y miembros de peñas y asociaciones de Móstoles que también han querido unirse a nosotros. Creo que todo Móstoles está aquí esta tarde.
Queridos hermanos todos en el Señor.
Siempre es difícil enfrentarse a la realidad de la muerte, pero si la muerte es prematura, como la que hoy conmemoramos, la muerte de Elena, una mujer en la plenitud de la vida, resulta una realidad mucho más desconcertante a nuestros ojos humanos.
¿Y qué diremos, entonces, cuando nos la han arrebatado, cuando se trata de una mujer inocente víctima de la violencia gratuita, del todo absurda e irracional? Parece imposible aceptar que haya ocurrido esto. Nos cuesta expresar con palabras nuestra consternación; no hay nada, ni nuestra masiva presencia en esta iglesia, ni todas nuestras muestras de afecto, que pueda exteriorizar todo el cariño que este pueblo de Móstoles siente hoy por Elena y por los familiares que lloran su muerte.
Como cristianos, afrontamos esta difícil situación mirando a la cruz de Cristo. ¿Y qué nos dice Jesucristo desde la cruz? Precisamente la cruz es el signo de la victoria del amor sobre el pecado y de la vida sobre la muerte. La cruz de Cristo es la muerte injusta de un inocente. Cristo, el príncipe de la paz, fue un adalid del amor de Dios y de la fraternidad entre los hombres. Por eso resultó tan incómodo. Él, en la cruz, demostró que portaba todo el amor misericordioso de Dios Padre, y con un acto de heroísmo supremo, incluso rezó por los que le crucificaban: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
En realidad, sabían bien lo que hacían, pero los primeros cristianos, movidos por el Espíritu Santo de Dios, ante el crimen que habían cometido contra Jesús, prefirieron no detenerse en lo ocurrido y no mirar atrás. Se propusieron más bien mirar al futuro con esperanza y con agallas. Sintieron la presencia de Cristo Resucitado, que desde el cielo estaba con ellos. Y esa presencia les fortaleció. Hoy queremos pedirle todos a Dios que nos conceda la gracia de sentir la presencia de Cristo, y la presencia de Elena, que nos acompañan desde el cielo. Esa certeza es nuestra fortaleza. Los discípulos del Señor pudieron encarar el futuro con valentía, a pesar de tanto sufrimiento, porque Cristo resucitó, venció la muerte, y venciendo la muerte, venció también el pecado, venció al mal con el bien.
En las persecuciones de las primeras décadas del cristianismo, cuando los cristianos eran conducidos al martirio, sus compañeros les alentaban clamando: “No os escandalicéis de la cruz de Cristo”. La cruz no es un signo de muerte, sino de vida, es el camino a la Resurrección, a la esperanza. Hoy tenemos que pedir a Dios que nos dé luz y fuerza para vencer el mal con el bien, para vencer el pecado con el amor, para dejar atrás el escándalo de la cruz y ver la muerte de Elena con esperanza. Ella se ha unido de forma muy especial a la cruz de Cristo, y sabemos que el Dios del amor y la misericordia la resucita a la vida eterna de los bienaventurados. Por eso tenemos que alentarnos unos a otros con fe y esperanza, y caminar con valor y decisión, poniendo caridad cuando en nuestro camino encontramos iniquidad.
Cuando Jesús predicó el mensaje de las bienaventuranzas, nos decía que teníamos que vivir aquí, en este mundo, con las actitudes del cielo: sencillez, paz, misericordia, mansedumbre, limpieza de corazón e incluso fuerzas para encarar los sufrimientos de la vida. Jesús no estaba haciendo una especie de contrato: si sufres aquí mucho, te irás al cielo. Más bien nos estaba diciendo que si vivimos nuestra vida con actitudes de amor y fraternidad, de sencillez y desprendimiento, empezamos a construir ya aquí, en este tiempo presente, el Reino de los cielos al que un día esperamos llegar.
Cuando el hombre se da a la violencia, es porque se ha olvidado de Dios y se deja guiar por falsos dioses, como son la ambición o los intereses egoístas. Frente a eso, Jesucristo nos enseña que el camino correcto del hombre está en la generosidad y en la entrega al prójimo. La persona humana, la vida, son los valores fundamentales que debemos defender y conservar, sin dejarnos llevar por otros dioses que nos encandilan y a los que a veces damos un valor equivocado.
Jesús puso a la persona humana por encima de todo y luchó contra toda injusticia como el que más, lucho por la libertad y la paz. En su camino de liberación, renegó siempre de las armas; mejor dicho, sus únicas armas fueron el amor y la misericordia. Sólo con ellas podemos llegar a construir un mundo mejor para todos.
Vamos a pedir a la Virgen de los Santos, a la patrona de todos los mostoleños, que mire hoy con amor de Madre a nuestra hermana difunta, que ella la lleve al cielo. Pedimos a la Virgen que Elena goce con Cristo y con todos los santos que nos preceden allí; y que nosotros, que quedamos todavía en este mundo, sepamos consolarnos con palabras de fe y amor, que sepamos construir aquí en este mundo el Reino del amor y la paz y la esperanza en la Resurrección y en el amor misericordioso de Dios sea siempre el bálsamo eficaz con el que calmamos nuestras heridas y nos reponemos para seguir nuestro camino con entereza.
Virgen de los Santos, tú que estuviste firme y fiel al pie de la cruz, recibe a Elena en el Cielo como a cordero inocente que, como Cristo, ha derramado su sangre por el bien del mundo. Recíbela en tus brazos, Madre dolorosa, y apiádate de nosotros; enseñamos a construir un mundo de paz y amor del que desterremos los odios y las violencias. Amén.