Homilía en la Plaza de Ernesto Peces el domingo de Resurrección
¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado.
Jesús está vivo. No es un personaje del pasado. No le recordamos como quien recuerda a Socrates, o a Séneca, o a Cristobal Colón o a Leonardo Da Vinci. Jesús vive y su presencia, la presencia que llenó de paz y valentía a sus amigos, es la presencia de Dios que vive entre nosotros.
Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe, escribía San Pablo. La resurrección es un hecho real, auténtico: no es un mito, no es una leyenda, no es una fábula.
Sólo si Jesús ha resucitado ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia el mundo y la situación del hombre, ha escrito Benedicto XVI en su reciente libro sobre Jesús. ¿Y qué es lo que cambia si la resurrección es un acontecimiento real? Entonces Él, Jesús, se convierte en criterio del que podemos fiarnos, nos dice el Papa.
La muerte se transforma en vida, la noche cambia y brilla como la luz, la tristeza es alegría; el miedo, valentía; la pusilanimidad, audacia; las quejas se tornan ofrecimiento, la trivialidad y la superficialidad dan paso a la acogida del misterio de Dios, la negatividad se hace optimismo e ilusión, las frustraciones se olvidan y se dejan atrás, la crítica destructiva y a veces envidiosa se vuelve alabanza y reconocimiento al prójimo, y en definitiva, esto lo resume todo, el sinsentido de la vida se vuelve compromiso y amor.
La Resurrección de Cristo es una llamada a vivir la vida en clave de amor. Si en tantos ambientes de nuestra sociedad se quiere seguir viviendo en un largo y triste sábado santo, como si Cristo permaneciera en el sepulcro, si tantos niegan que Cristo resucitó de veras, es porque aparentemente resulta más útil vivir en el hedonismo, la ausencia de verdades y la sensiblería del momento, que entregarse a vivir según Cristo.
Es el espejismo del pecado que nos hace huir del compromiso.
El entusiasta e impulsivo Pedro, desalentado tras la experiencia de la cruz, se dijo a sí mismo: Me voy a pescar. ¿No será más fácil dedicarse a la pesca en el lago apacible de Tiberiades, que lanzarse al riesgo de la predicación? La crisis de Pedro es la crisis religiosa de Occidente. Él la superó cuando recibió el Espíritu Santo, Europa parece vagar desasida del Espíritu.
Vivir con Cristo o vivir sin Cristo.
No son pocos los que intentan quitar los los crucifijos de Europa: quitando la cruz, quitan también al resucitado, y nos despojan del sentido auténtico de nuestra vida, amar a Dios y al prójimo, lo más auténtico que tenemos como seres humanos. Con el agravante además, de que en el lugar donde antes estaba la cruz, ahora queda un vacío, ellos no tienen nada auténtico que poner en su lugar. La sociedad, sin Cristo, se muestra incapaz de Construir una ética solida, coherente y universal.
Cada vez somos más conscientes de que los avances científicos y tecnológicos, que tanto bien nos aportan, cuando se han despojado de un recto criterio moral, se han vuelto no pocas veces contra el hombre.
El pecado llena al mundo de tinieblas. Recientemente Móstoles entero se conmovía al conocer la noticia del vil asesinato de la mostoleña Elena Sanz. Quiero enviar un abrazo lleno cariño a sus familiares. Nos preguntamos, ¿Por qué? Y no encontramos una respuesta.
Precisamente este viernes santo el papa Benedicto hizo algo que nunca antes había hecho un papa: concedió una entrevista en televisión. La primera pregunta la hizo una niña japonesa, y fue sobre la reciente catástrofe de Japón. Querida niña, respondía el Papa, te saludo con todo el corazón. También yo me pregunto: ¿por qué es así? ¿Por qué vosotros tenéis que sufrir tanto, mientras otros viven cómodamente. "No tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido como vosotros, inocentes, que Dios verdadero se muestra en Jesús, está a vuestro lado. Esto me parece muy importante, a pesar de que no tenemos respuestas, si la tristeza sigue: Dios está a vuestro lado.”
La respuesta de Dios al pecado, no una respuesta completa, pero sí su más completa respuesta, es la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Su resurrección es nuestro triunfo. Frente a la tentación de Babel: edifiquemos una ciudad que llegue al cielo, a Dios, y hagámonos un nombre; tenemos que vivir con la seguridad, la certeza, de que Dios está a nuestro lado.
Cristo ha resucitado y está a nuestro lado en la eucaristía, por nuestro bautismo, está dentro de nosotros. Vence al mal en nosotros.
En definitiva, lo que cambia con el hecho real de la resurrección de Jesús es nuestro egoísmo: Si Cristo ha resucitado, el egocentrismo al que nos empuja el pecado se vuelve irremediablemente en TEOCENTRISMO. Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
Jesús Resucitado es el Señor (que significa etimológicamente Dominus, Dueño, el que gobierna, el que detenta el poder), y si Cristo es el que gobierna mi vida, sólo tengo que abandonarme en sus manos. Ya no tengo miedo a la cruz porque Cristo vence a la muerte, ya no tengo miedo a la entrega porque Cristo me asegura el triunfo en mis luchas.
Porque Cristo vive, merece la pena comprometer la vida con todo lo que Cristo significa: amor, generosidad, servicio, entrega al prójimo, bondad y donación.
En la resurrección de Jesús se ha alcanzado una nueva posibilidad de ser hombres, dice también el papa en el segundo vol. de su “Jesús”.
El bautismo que hoy renovamos es la afirmación en nosotros de que Cristo vive. Él agua bautismal nos introduce en la gracia. Cómo nos bautizamos de bebés, a veces nos olvidamos de que el bautismo significa morir a nosotros mismos, a nuestra vida egocéntrica, para comenzar a vivir la vida en el Espíritu, la vida teocéntrica, la vida en Cristo. Que al renovar nuestro bautismo este día y al profesar otra vez nuestra fe, todos nos dispongamos a olvidarnos de nosotros mismos, y en un acto de confianza total en Dios y en su providencia, nos abandonemos a la gracia, perdamos los miedos, la negatividad, las quejas injustificadas, y nos lancemos a proclamar al mundo que existe otra manera de vivir: Mi Dios, mi Cristo está vivo, y vivimos con él en el amor.