Victor Frank fue un famoso psiquiatra austriaco, de origen judío, que sobrevivió a la shoáh, después de haber estado varios años en un campo de concentración. Escribió un libro, el hombre en busca de sentido, en el que viene a decir que “siempre hay una razón para vivir”. Es decir, que si alguien hace este planteamiento: Ya no quiero vivir, la vida para mí no tiene sentido, es una persona equivocada, su planteamiento es erróneo: siempre hay una razón para vivir. Estas son algunas citas de su libro:
- "Quien tiene una razón para vivir, acabará por encontrar el cómo."
- "El dolor hace al hombre lúcido y al mundo transparente. El dolor abre perspectivas hasta el fondo."
- "Las ruinas son a menudo las que abren las ventanas para ver el cielo."
Si esto lo dice un judío, ¿qué tendrá que decir un cristiano, que tiene a Cristo, a Cristo Resucitado, Crucificado y Resucitado? Un cristiano que posee la inhabitación del Espíritu Santo en su alma y la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Cristo dijo a su amigo lázaro: yo soy la resurrección y la vida. El que tiene a Cristo, tiene una razón más que suficiente para vivir.
¿Sabéis cuál es la mayor aportación del cristianismo al mundo, creo yo? No son las catedrales ni las basílicas romanas, tampoco las universidades ni tantas escuelas, ni los hospitales ni toda la asistencia social de la iglesia reunida, tampoco es la moral o el mandamiento del amor. Todo esto es secundario. La mayor aportación del cristianismo al mundo es la esperanza en la vida eterna. Siempre hay una razón para vivir, porque creemos en la vida eterna, porque Cristo nos ha prometido abrirnos las puertas del Reino celestial, donde viviremos eternamente felices con él: la cruz es el camino de la gloria, y si es así, hasta los mayores sufrimientos tienen un sentido y merece la pena seguir viviendo. Pienso que ésta es la mejor aportación del cristianismo al mundo.
Pero es una aportación que sólo vale si es auténtica. Si fuese un mito, una metáfora, una utopía, un especie de fábula de la sacamos una moraleja moral, entonces: ¿de qué nos sirve? Palabras bonitas, pero vacías, falsas. No, nuestra fe nos asegura que resucitaremos con Cristo. Que su triunfo es el nuestro.
Por eso siempre hay una razón para vivir. Si vamos a resucitar a la vida eterna, entonces esta vida merece la pena, incluso si viene cargada de sufrimientos o dificultades. Nunca podemos decir: Ya no merece la pena vivir. Sólo podemos decir: hemos de vivir con alegría, con tesón y entusiasmo, porque esta vida es el preámbulo de nuestra verdadera patria, el reino de los cielos.
Cristo es la vida, es vida eterna y una vida que tiene en este mundo su prefiguración: debemos vivir aquí como viviremos allí.
Dicen que muchos cristianos no creen en el más allá. Pero eso no nos pasa a los mostoleños. Ya es un chiste viejo:
- ¿Usted cree en el más allá?
- Anda, no voy a creer, si vivo en Móstoles.
Cuando el mundo pierde la esperanza en la vida eterna, en realidad lo que pierde es la confianza en Dios. Imaginaos a una niña cuyo padre le dice que cuando llegue el verano la llevará a Disneylandia. Esa niña empieza a soñar, cada día es feliz sabiendo que un día llegará a ver todas las maravillas de aquel lugar… tiene plena confianza en que su padre cumplirá la promesa. Se sabe amada. Qué distinto si esa niña se vuelve quisquillosa y empieza a desconfiar, a sospechar que son argucias de su padre para que sea buena, que esa promesa no es cierta. Entonces la niña pierde la ilusión, ya no vive con alegría, e incluso se revuelve en odio contra su padre.
Parece que el hombre europeo contemporáneo es como esta segunda niña que no cree en la promesa del padre. Hoy hay mucha gente, incluso cristianos, que no llegan a concebir la idea de resucitar, mucho menos si esa resurrección no es sólo del alma. Que también este moflete resucita. Y por eso han perdido la alegría auténtica, la ilusión de vivir. El cielo nos parece demasiado grande para ser verdad. Nuestra ciencia también es demasiado grande para dejar hueco al misterio de algo revelado que no pasa por la experimentación. Nace la desilusión, el desencanto, y de ahí se pasa a la amargura de vivir. ¿No os da la impresión de que cada vez hay más amargura en nuestra sociedad?
Sin embargo, el cielo es cierto, existe. Cristo ha resucitado, y la resurrección de Lázaro es un anuncio de la nuestra. Cristo llora por nuestros dolores como lloró la muerte de su amigo lázaro. Llora cada vez que el sufrimiento nos asalta y nos roba la paz y la alegría.
Creemos en la vida eterna, porque confiamos en Dios, que es bueno, y no nos engaña. Recuerdo a Encarna, una mujer de cincuenta años, que en la cama del hospital, mientras se consumía por un cáncer incurable, se dedicaba tejer rosarios de ganchillo para los jóvenes de nuestra diócesis: con una sonrisa nada afectada, con una serenidad que daba envidia, te decía: ya tengo ganas de llegar allí con mi hijo Luis, que ganas tengo de estar con él. Sólo me da pena porque no me va a dar tiempo a terminar los rosarios para todos.
Y finalmente, hemos de saber que la fe en la vida eterna, si es una fe sana y auténtica, nunca nos tiene que apartar de los santos servicios de esta vida. Porque creemos en la resurrección, servimos a nuestros hermanos para hacer más llevadera su vida, les auxiliamos en sus necesidades, buscamos su liberación en este mundo, para que también para ellos esta vida pueda ser un tiempo de amor y misericordia, un preanuncio del amor eterno de Dios. Esta vida es un peregrinar que concluye en el pórtico de la gloria, y el peregrino no puede caminar nunca ensimismado. El buen peregrino busca al compañero de camino, le auxilia, comparte con él la fatiga del camino y los imprevistos que alteran los planes personales.
El cielo está hecho de amor, y la vida sólo sirve si la construimos firmemente cimentada en el amor.
Pidamos a Dios que afiance en nosotros la fe en la resurrección. Que nosotros digamos con nuestros labios y sobre todo con nuestra vida: creo en la resurrección de los muertos.
El que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.